GRADUACION DE TAMARA

La graduación era un jueves por la mañana, Tamara la menor de cuatro hermanas estaba saliendo de cuarto medio con excelente promedio y su familia completa estaba feliz. Repartió las invitaciones a todos, invitó a su mamá, papá, los padres de su novio, pero que no fue porque tenía una prueba en su primer año de la universidad.
Solo una de sus hermanas confirmó la asistencia a la ceremonia, era su hermana más cercana porque las dos mayores estaban ocupadas atendiendo a sus hijos chicos, entre colegios, trabajo, marido, etc.
Entonces Paola tomó su auto ese jueves, temprano cerca de las 9 de la mañana, previamente había pedido permiso en su trabajo para ausentarse ese día. Se encaminó hacia la florería de avenida Irarrazabal, que era donde siempre compraban las flores en su trabajo para diversas situaciones y ya conocía los precios de los lilium que pensaba regalarle. Este recorrido no era habitual para Paola, aunque no desconocía que esta calle durante las mañanas tenía “vía reversible” es decir, todos los vehículos bajando por ambas pistas, desde el oriente, en dirección al centro.
Paola se estacionó y compró un lindo ramo de flores, lilium color naranja, con un par de ramitas verdes, envueltos en papel celofán. Pagó y subió al auto para seguir bajando por Irarrazabal, eran las Nueve con 48 minutos y quedaban varias cuadras para llegar hasta el teatro Ñuñoa.
Cuando llegó a la esquina de Macul, con luz amarilla para rojo, eran las nueve con 55 minutos y ya tenía que cambiarse de pista porque a las 10 en punto comenzarían a subir los autos hacia el oriente, y mientras iba pensando en eso y acelerando después del último rojo, a media cuadra desde la calle del frente, a la altura del supermercado, un hombre saltó la reja que divide ambas pistas y sin mirar hacia atrás, comienza a atravesar la calle, huyendo de algo que Paola nunca supo; solo lo vio brincar a 10 metros del vehículo que ya llevaba unos 40 o 50 kilómetros por hora de velocidad y ella en milésimas de segundos supo de inmediato que ya no podría detener el auto, solo atinó a esquivarlo doblando lo que más pudo el volante, esperando que el cuerpo del sujeto cayera como saco de papas sobre el parabrisas. Entonces sintió un ruido seco, un golpe de latas, el auto avanzó aproximadamente diez metros más, hasta detenerse por completo y el parabrisas seguía intacto.
Paola comenzó a levantar la vista para mirar por el espejo retrovisor mientras que trataba de recuperar el aliento. Se le arrancaba el corazón por la boca, trataba de controlarse y de razonar lo que recién había sucedido. No supo cuantos segundos estuvo así, pero por el espejo logró ver claramente el cuerpo del hombre detrás del auto, tendido en la calzada, inmóvil.
Cerró los ojos y se imaginó al sujeto muerto o muy mal herido. Agachó la cabeza y pensó que su deber, era retroceder el auto y hacerse responsable, intentó apoyar sus manos de lana en el volante, aún con los ojos cerrados, sentía el sudor en todo su cuerpo y quiso volver a mirar el cuerpo de la víctima del choque. Entonces lentamente y sin girar su cuello ni una vez, abrió sus ojos y volvió a mirar por el espejo retrovisor, esta vez con resignación.
El sujeto había desaparecido, no había nadie, entonces dudando de la imagen del espejo giro su cuerpo para mirar directamente pero donde hace un rato estaba tirado el cuerpo de un hombre, no quedaba ni un rastro de él. Pensó que estaba tan confundida que no supo si lo que veía coincidía con la realidad, pero luego de un par de segundos entendió lo que pasaba y no había gente alrededor para culparla de lo sucedido.
Instintivamente y presa del pánico, volvió a encender el motor y lentamente comenzó a avanzar para tomar la pista correcta y aunque se sentía tremendamente nerviosa, reaccionó fríamente, movió el automóvil a la velocidad normal y se detuvo detrás de una micro. Desde ahí vio como un pasajero de la micro la apuntó con el dedo y moduló algo parecido a “tu fuiste, te vi.” pero Paola ya se había puesto su coraza del descaro y se atrevió a mirarlo a los ojos y decirle de la misma forma y moviendo la mano “no wueón, yo no tuve la culpa”. El sujeto de la micro confundido, solamente atinó a envolverse con el resto de los pasajeros que no manifestaron ninguna reacción y Paola pensó “¿me habrán tomado la patente? Acabo de huir”.
Llegó hasta el teatro y buscó una calle para estacionar, sus movimientos estaban al borde de la rigidez, así que buscó un espacio grande parar no tener que chocar a un auto. Encontró un lugar, sacó el ramo de flores y caminó. Cuando había avanzado una cuadra, vio que había mucho espacio para cambiar la ubicación del auto y se devolvió a buscarlo. La alarma estaba activada pero la puerta la había dejado abierta. En ese momento se dio cuenta que el auto tenía una abolladura en la parte baja, justo en medio de las dos puertas del lado derecho, del lado del copiloto.
Trato de vigorizarse, de estabilizar sus nervios y con el ramo apuntando hacia el suelo, caminó rápido hacia el teatro que estaba oscuro y lleno de padres y familiares felices.
Paola se dirigió al escenario, directo hacia la escalera donde estaba el fotógrafo del evento, se paró junto a él y descargó todos los flash hacia la figura de su hermana junto a sus compañeras que sonreían. Mientras apuntaba y disparaba, buscaba entre las butacas del cine el familiar rostro de sus padres y hacia allá ordenó su ruta.
Saludó a los padres del novio de la hermana, le entregó el ramo de liliums naranjos a su mamá y se sentó al lado de su papá. Lo saludó, se quedó mirándolo y se puso a llorar sin consuelo. "Choqué a un gueón” alcanzó a decir después de unos cuantos sollozos, su papá le ofreció el pañuelo que llevaba y la abrazó para contenerla de sus temblores. Su mamá le decía a los consuegros “está tan emocionada la Paolita de ver que la Tamita saliera de cuarto medio…! y fíjese que ella también tuvo aquí mismo su graduación de cuarto!”

