
Después de casi seis años de ese accidente en Irarrazabal, Paola estaba recordando la historia que había sucedido y tratando de pensar cual había sido la razón por la cual había chocado al sujeto que desapareció sorpresivamente.
Recordó que la reja que existe en medio de las dos pistas esta sobre un pequeño bandejón de tierra y que tiene plantas a modo de arbustos que la cubren y que el auto que manejaba, de color verde también, seguramente se camufló para los ojos del accidentado de aquel día.
Estuvo dándole vueltas al asunto, del porque ese sujeto arrancaba tan desesperadamente que no fue capaz de percatarse que venía un auto. Fue entonces que comenzó a vivir segundo a segundo los momentos de angustia de hace 6 años atrás, cerró los ojos y volvió a estar sentada al volante del seat verde en dirección hacia el poniente por la bendita calle Irarrazabal.
Vio de nuevo cada imagen en cámara lenta igual que ese día e impaciente esperó ver el cuerpo del sujeto saltar por sobre la reja divisoria de las pistas y también supo que con la velocidad que llevaba su reacción ante el freno sería inútil y que girar el volante era lo más sensato, pero en ese segundo se detuvo, dejó la imagen congelada del tipo descendiendo de su salto atlético y ella que se encontraba calculando los metros para esquivar el cuerpo, se dio cuenta 6 años después que debió haber tocado la bocina para advertir al sujeto de su presencia.
El descubrimiento la mantuvo helada durante un par de segundos y fue mientras se lo comentaba a Ramón, el mismo que hace 6 años la escuchó llorar por el teléfono cuando ella desde un rincón del teatro le marcó a su celular para contarle que acababa de chocar a una persona.