A pedalear

Ayer me prometió que iba a levantarse temprano para ir a trotar, “a las nueve me levanto mañana” me dijo, pero hoy a las diez de la mañana me contestó el teléfono todavía medio dormido y a las once ya había descartado por completo la idea de ir porque se acordó de la cuenta del banco y otros trámites importantes que habían sido postergados desde el lunes.
Era iluso haber creído en lo prometido el día anterior, sobre todo porque no es primera vez que me dice “mañana voy a trotar” y además es comprensible porque, estando de vacaciones, holgazanear es la prioridad.
Me dijo que trotar tiene solo una finalidad y es bajar de peso, pero yo insisto que esa no es la mejor manera de lograrlo y seguramente es porque cuando intenté ir a trotar hace un mes, no alcancé a llegar a la meta y ya estaba rendida, y lo peor es que tenía que correr de vuelta… pensé entonces que la mejor manera o por lo menos la más entretenida, sería tomar la bicicleta y por lo menos dar dos o tres vueltas para ejercitar mis piernas y volver a pedalear, pudiendo sentir en la guata el vértigo que me viene, por creer que estoy a punto de caerme y que dura solo en los primeros metros, porque después de diez segundos el miedo desaparece y comienza otro placer que es el de avanzar cada vez más rápido y que el viento golpee mi frente.
Eso que ahora lo siento como un recuerdo un poco lejano, espero que me motive a salir este domingo temprano, solo espero que cuando suene la alarma del reloj, no actué como todas las mañanas de todos los últimos domingos de este año, donde en mi cabeza solo pasa la idea de apagar el molesto ruido y volver a cerrar los ojos para seguir holgazaneando un par de horas más.
